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Un 14 de mayo de 1988, Ayrton Senna trazó en las calles de Montecarlo la vuelta de clasificación que muchos historiadores del automovilismo consideran la más perfecta jamás registrada en la Fórmula 1.

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Al volante del McLaren MP4/4, propulsado por el turbo Honda RA168E de 1,5 litros con estimaciones de potencia superiores a los 680 CV en clasificación, Senna marcó 1:23.998. La ventaja sobre su compañero Alain Prost fue de 1,427 segundos en apenas 3,328 km de recorrido urbano. En términos de circuito, eso es una eternidad.

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El MP4/4 era ya la máquina dominante de aquella temporada —ganaría 15 de las 16 carreras del año—, pero incluso sobre esa base técnica de referencia, la brecha generada por Senna ese sábado excedía cualquier lógica de rendimiento vehicular. La diferencia no era mecánica: era de otra naturaleza.

El propio Senna lo describió tiempo después como una experiencia disociativa: sentía que conducía desde fuera del cockpit, observándose a sí mismo desde arriba. Tan perturbadora fue la sensación que, tras cruzar la línea y regresar a boxes, salió del coche sin mediar palabra, visiblemente conmocionado. Ese momento define mejor que cualquier estadística la frontera entre el piloto excepcional y el fenómeno inexplicable. (RG).