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El 3 de septiembre de 1935, en las salinas de Bonneville, Utah, Sir Malcolm Campbell escribió una de las páginas más audaces de la historia del automovilismo: se convirtió en el primer ser humano en superar los 480 km/h al volante de un automóvil. El protagonista mecánico era el Campbell-Railton Blue Bird, una máquina diseñada exclusivamente para devorar la línea recta. En su configuración definitiva de Bonneville, el vehículo medía más de 8,5 metros de longitud, pesaba alrededor de seis toneladas y escondía bajo su carrocería aerodinámica un motor Rolls-Royce R V12 sobrealimentado de 36,7 litros de cilindrada y aproximadamente 2.500 CV de potencia – el mismo bloque que impulsaba el hidroavión Supermarine S.6B ganador de la Schneider Trophy. Su vida útil estimada a plena carga: tres minutos.

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El registro no llegó sin drama. En la primera jornada del 3 de septiembre, Campbell completó sus dos pasadas en sentidos opuestos —requisito obligatorio para homologar un récord de velocidad terrestre— pero el promedio arrojado inicialmente por los cronometradores de la AAA fue de 482,6 km/h, apenas por debajo de la marca objetivo de 483 km/h que Campbell se había fijado como meta. La pasada norte había registrado 489,2 km/h, pero la sur solo 475,7 km/h, arrastrando el promedio hacia abajo. Fue la revisión nocturna de los datos electrónicos la que detectó un error en el cómputo del tramo sur y elevó la marca oficial a 484,955 km/h, convirtiendo a Campbell en el primer hombre en superar los 483 km/h al volante de un automóvil.

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Para Campbell, ese resultado era la culminación de una carrera entera construida sobre la filosofía de superar sus propios límites. Desde su primer récord oficial en 1924 con 235 km/h en Pendine Sands (Gales), el ingeniero y piloto inglés había roto el récord de velocidad terrestre en nueve ocasiones distintas. En 1932 fue el primero en superar los 400 km/h; en 1935 cruzó la barrera de los 480 km/h. Tras Bonneville, Campbell abandonó definitivamente la búsqueda del récord terrestre y dedicó sus últimos años a batir el récord de velocidad acuática, siendo el único piloto de su época en ostentar simultáneamente ambos títulos mundiales.

La filosofía de diseño del Blue Bird -una unidad propulsora de aviación trasplantada a un chasis terrestre, gestionando la degradación de los neumáticos como variable crítica antes de que existiera ningún compuesto técnico para ello- anticipó décadas de ingeniería de récords. Su legado directo fue su propio hijo, Donald Campbell, quien continuó la tradición familiar batiendo récords en tierra y agua en los años cincuenta y sesenta. El apellido Campbell es, junto al nombre Blue Bird, parte inseparable de la historia de la velocidad. (RG).