Ingeniería extrema en el rubro automovilístico

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El motor W16 del Bugatti: el único de su clase en el mundo.

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En 1997, a bordo de un tren bala Shinkansen entre Tokio y Osaka, Ferdinand Karl Piëch -entonces presidente de Volkswagen AG- esbozó en un sobre la idea de un motor de 18 cilindros. Nadie en la industria lo creía posible para un automóvil de calle. Lo que nació de ese boceto cambió para siempre la definición de hiperdeportivo.

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El resultado fue el W16 de 8,0 litros: la unión de dos bloques V8 a 90 grados entre sí, conformando cuatro bancadas de cuatro cilindros en línea, con cuatro turbocompresores -uno por bancada- y 64 válvulas. Una arquitectura que no existía en ningún manual de ingeniería automotriz, porque sencillamente nunca había existido. El bloque mide 712 mm de largo y 767 mm de ancho, dimensiones no mucho mayores que un V12 convencional, pero con una densidad de potencia sin precedentes. Cada unidad se ensambla a mano en Salzgitter durante seis días, con 3.712 piezas. En el Veyron 16.4 de 2005 entregaba 1.001 CV a 6.000 rpm y 1.250 Nm de par entre 2.200 y 5.500 rpm. Con el Chiron (2016), la evolución del mismo bloque llegó a 1.500 CV y 1.600 Nm.

El sistema de refrigeración es, por sí solo, una obra de ingeniería: dos circuitos de agua independientes con 40 litros en el ciclo de alta temperatura -tres radiadores dedicados al motor- y 15 litros en el ciclo de baja temperatura para reducir el aire de carga de los turbocompresores hasta 130 °C mediante dos intercambiadores en el propio motor. En 2010, el Veyron 16.4 Super Sport estableció el récord mundial para automóviles de producción con homologación vial: 431,072 km/h, inscripto en el Libro Guinness. En ese momento, no existía literatura técnica de referencia para motores de producción de más de 12 cilindros ni para vehículos capaces de superar los 350 km/h.

El W16 es el único motor de 16 cilindros del mundo utilizado en un automóvil de serie. Su orden de encendido asimétrico -con desfases de 45 grados- le otorga una firma sonora inconfundible y elimina la necesidad de árbol de equilibrado. Impulsó al Veyron, al Chiron, al Divo, al Centodieci y al Mistral. Con la transición de Bugatti hacia la hibridación en su nueva era junto a Rimac, el W16 cerró su ciclo productivo como lo que siempre fue: la prueba de que, con suficiente ingeniería, lo imposible es solo una cuestión de tiempo. (RG).