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Un 14 de julio, pero de 1991, Silverstone fue escenario de una de las postales más recordadas de la historia de la Fórmula 1. Nigel Mansell llegaba con la obligación de recortarle terreno a Ayrton Senna en el campeonato y respondió de la mejor manera: pole position, arranque complicado y una remontada inmediata que lo devolvió al frente para no soltarlo más.

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Mansell lideró las 59 vueltas, se quedó con la vuelta rápida y firmó un Grand Slam ante 150.000 espectadores en las gradas. No fue sencillo: reconoció después que en las últimas dos vueltas manejó con problemas de caja de cambios, al punto de temer quedarse sin marchas antes de cruzar la meta. Senna, mientras tanto, se quedó sin combustible en la vuelta final y perdió la segunda posición, terminando clasificado cuarto. El podio quedó completado por Gerhard Berger con McLaren y Alain Prost con Ferrari.

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Pero lo que trascendió a los libros de historia fue lo que pasó después de la bandera a cuadros. En su vuelta de honor, Mansell se detuvo junto a Senna, que caminaba de regreso a boxes, y lo invitó a subirse al lateral del Williams para llevarlo de “taxi” hasta el pit lane. Un gesto de dos rivales directos por el título que la audiencia recibió con ovación.

Ese Grand Slam en Silverstone no quedó como un hecho aislado: Mansell repitió la hazaña exacta al año siguiente, en 1992, reafirmando el dominio del Williams en su circuito de casa. Una escena que resume por qué la Fórmula 1, más allá de los resultados, también se construye con este tipo de gestos que trascienden la rivalidad deportiva.  (RG).