Un récord de John Cobb
Un 16 de septiembre, pero de 1947, John Cobb clavó un promedio de 634,39 km/h en la milla medida, corrida en ambos sentidos (620,56 y 648,73 km/h), sobre las salinas de Bonneville. Con ese registro, se llevó el récord mundial de velocidad en tierra al volante del Railton Mobil Special, el primer vehículo terrestre en superar los 643 km/h en una prueba cronometrada.
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El Railton no escondía su secreto: dos motores de avión Napier Lion VIID (WD) W-12 sobrealimentados, cedidos por la aviadora y navegante Betty “Joe” Carstairs, que antes los había usado en su lancha Estelle V. Usar más de un motor no era una novedad; ya lo había probado el tricilíndrico White Triplex y lo aplicaba en paralelo el Thunderbolt del capitán Eyston, el rival directo de la época. El verdadero desafío no era la potencia disponible, sino encontrar una transmisión y unos neumáticos capaces de tolerarla sin desintegrarse a esas velocidades.
Ahí apareció la solución de Reid Railton, tan simple como efectiva: dividir la transmisión de cada motor hacia un eje independiente, uno delantero y otro trasero, logrando así tracción integral sin necesidad de un diferencial central complejo. Esa arquitectura resolvió el problema de fondo de la era de los récords a pistón: repartir el par motor entre las cuatro ruedas sin que la mecánica se rindiera antes que el piloto.
La marca de Cobb resistió casi dos décadas hasta que el Goldenrod la superó en 1965 con 658,67 km/h, un dato que confirma cuánto adelantó su tiempo aquella ingeniería de posguerra. Pensar hoy en la tracción integral repartida por ejes independientes, en autos de calle y de competición, es reconocer una idea que nació resolviendo un problema de 1947 en el desierto de Utah. (RG).
