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El 30 de mayo de 1911, en la primera edición de las 500 Millas de Indianápolis, Ray Harroun presentó una solución que terminaría cambiando para siempre el diseño de los autos de competición y, con el tiempo, el de cualquier vehículo de calle: un espejo retrovisor de apenas 8 por 20 centímetros, montado sobre el tablero de su Marmon Wasp.

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Hasta ese momento, el reglamento exigía que cada auto llevara dos ocupantes: el piloto y un mecánico acompañante, cuya función principal era mirar hacia atrás para avisar sobre los rivales que se acercaban. Harroun decidió correr sin ese segundo tripulante, apoyado únicamente en el espejo que había diseñado él mismo. La medida generó protestas de otros equipos, que la consideraban un riesgo de seguridad al quitarle peso de referencia visual al resto del pelotón, pero los organizadores terminaron autorizándola.

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El resultado deportivo fue contundente: Harroun ganó esa primera edición con un promedio de 120 km/h, y buena parte de esa ventaja se explica por algo tan simple como no cargar con el peso extra de un segundo ocupante en el auto.

Curiosamente, el propio piloto reconoció años después que sobre el piso de ladrillo del óvalo las vibraciones eran tan fuertes que el espejo prácticamente no le servía para ver nada; la ventaja real había sido otra, aunque el invento ya había quedado instalado en la historia.

De ahí en más, el espejo retrovisor dejó de ser una curiosidad de carrera para convertirse en un estándar de la industria automotriz. Lo que empezó como una forma de aligerar un auto de competición terminó siendo, décadas más tarde, un elemento de seguridad obligatorio en cualquier vehículo de calle. Pocas piezas tan pequeñas tuvieron un impacto tan grande en la forma de conducir. (RG).