El Bugatti Type 35 hizo historia

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Hay coches que ganan carreras y hay coches que reescriben la historia del automovilismo, y el Bugatti Type 35 pertenece claramente a esa segunda categoría.

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Debutó en 1924 en el Gran Premio de Lyon y desde ese momento no paró de sumar triunfos por toda Europa.

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Su ingeniería sigue impresionando incluso hoy. Ettore Bugatti diseñó un eje delantero hueco con extremos forjados que reducía peso sin sacrificar resistencia, mientras que las ruedas de aleación ligera fueron de las primeras en integrar los tambores de freno directamente en su estructura.

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Perfecta

El cigüeñal, apoyado sobre dos rodamientos de rodillos y tres de bolas, resultó tan avanzado que varios rivales terminaron copiando el concepto. En su versión definitiva, la Type 35B, el motor de ocho cilindros y 2.3 litros sobrealimentado entregaba hasta 130 CV, una cifra notable para un chasis de apenas 750 kilos.

Los números hablan solos. Se estima que el Type 35 acumuló más de 2.000 victorias en toda su carrera deportiva, y llegó a promediar 12 triunfos por mes en su mejor momento. Se coronó campeón del Grand Prix World Championship en 1926, apenas dos años después de su debut. Pero su hazaña más recordada llegó en el Targa Florio, la exigente prueba siciliana disputada sobre los caminos sinuosos de Madonie: entre 1925 y 1929 ganó cinco años consecutivos, un registro que nadie logró superar hasta que la carrera desapareció del calendario en 1977. Meo Costantini abrió la racha en 1925 y 1926, Emilio Materassi continuó en 1927, y Albert Divo cerró la hazaña con dos triunfos seguidos al volante de un Type 35B y un Type 35C.

Lo que hace única a esta historia es la diversidad de nombres que se subieron a ese chasis azul. Tazio Nuvolari y Louis Chiron lo llevaron a la victoria, pero también lo hicieron pioneras como Eliška Junková, que en el Targa Florio de 1928 llegó a liderar la carrera antes de terminar quinta, y Hellé Nice, otra de las grandes referentes femeninas del automovilismo de entreguerras. En 1929, un Type 35 firmó además el primer triunfo en la historia del Gran Premio de Mónaco, de la mano de William Grover Williams. Casi un siglo después, ese legado sigue siendo la vara con la que se mide cualquier auto de competición verdaderamente dominante. (RG).