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Lamborghini no nació de un plan de negocios. Nació de un enojo. A comienzos de los años 60, Ferruccio Lamborghini ya era un empresario exitoso gracias a sus tractores, y se daba el gusto de manejar varios Ferrari. El problema era el embrague: se le rompía una y otra vez.

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Como buen mecánico, Ferruccio desarmó la pieza y encontró algo que lo dejó perplejo: el embrague de su Ferrari usaba un componente casi idéntico al que él mismo montaba en sus tractores. Con esa certeza técnica bajo el brazo, fue directo a Maranello a hablar con Enzo Ferrari para plantearle el problema y sugerir una mejora. La respuesta de Enzo fue tajante: que se dedicara a sus tractores, porqué de autos deportivos no entendía nada.

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Esa frase, más que cualquier plan estratégico, fue el disparador. En 1963 Ferruccio fundó Automobili Ferruccio Lamborghini y no dudó en sumar a ingenieros de peso como Giotto Bizzarrini, Gian Paolo Dallara y Paolo Stanzani, varios de ellos con paso previo por el propio universo Ferrari. Un año después, en 1964, ya circulaba el Lamborghini 350 GT, con motor V12 propio y apenas 120 unidades fabricadas.

Lo llamativo es que Ferruccio nunca compitió en pista contra Ferrari. Su filosofía fue otra: construir el gran turismo perfecto para calle, sin gastar un peso en carreras. Y sin embargo, esa decisión terminó dando forma a una de las rivalidades más icónicas de la industria automotriz, una que sigue vigente más de 60 años después, incluso con ambas marcas hoy bajo paraguas distintos (Ferrari en FIAT, Lamborghini en el grupo Volkswagen/Audi).

Una discusión por un embrague. Una marca que todavía hoy es sinónimo de superdeportivo. (RG).