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En 1966, Jack Brabham conquistó su tercer título mundial de Fórmula 1 al volante de un auto construido por su propia escudería, algo que hasta hoy nadie más logró en la historia de la categoría.

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El monoplaza en cuestión fue el Brabham BT19, diseñado por Ron Tauranac y equipado con un motor Repco V8 de 3.0 litros desarrollado en Melbourne, Australia; un proyecto que combinó la experiencia de Brabham como piloto con su visión como ingeniero y constructor.

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Con esa combinación, Brabham ganó en los Países Bajos, Francia, Gran Bretaña y Alemania, asegurando el campeonato de pilotos en Monza y sumando además el título de constructores para su equipo, Motor Racing Developments.

Su hazaña quedó como un caso único: ser piloto y constructor campeón al mismo tiempo, con un auto que llevaba su propio nombre.

Un logro que redefinió lo que significaba ser piloto y fabricante a la vez. (RG).