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Ingeniería extrema. Detrás de cada hipercoche de Bugatti late el mismo corazón desde 2005: el W16, un motor de 8.0 litros y 16 cilindros que nació de un boceto de Ferdinand Piëch sobre un envase de servilleta, durante un viaje en tren entre Tokio y Osaka. Lo que empezó como una idea de 18 cilindros terminó convertido en la unidad de producción más compleja jamás fabricada para un auto de calle.

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Su arquitectura es, literalmente, la unión de dos motores VR8 de ángulo estrecho montados a 90 grados sobre un cigüeñal común, con 64 válvulas, cuatro árboles de levas y cuatro turbocompresores trabajando en conjunto. El bloque, forjado en aleación de aluminio con cilindros recubiertos en plasma, pesa apenas 400 kilos pese a semejante despliegue mecánico. En su primera versión, montada en el Veyron 16.4, entregaba 1.001 caballos, una cifra que en su momento nadie creía posible para un vehículo homologado para calle. Con el paso de los años y las sucesivas evoluciones, la potencia escaló hasta los 1.825 caballos del Bugatti Bolide, mientras que el Chiron llegó a rozar los 1.600 PS en su versión más extrema, el W16 Mistral.

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Ese salto de potencia no fue solo un ejercicio de números. Cada rediseño exigió resolver un problema que en 1999 no tenía antecedentes en la industria: mantener controlado en el asfalto un auto capaz de superar los 400 km/h. La respuesta llegó a través de turbos más grandes, inyección dúplex de combustible y sistemas de refrigeración capaces de mover más de 39 litros de agua solo para mantener estable la temperatura del bloque.

Hoy ese capítulo llega a su fin. Bugatti retiró el W16 tras dos décadas de producción para dar paso a un nuevo motor V16 híbrido, heredero directo de aquel boceto ferroviario de Piëch. El W16 deja de fabricarse, pero su legado queda intacto: fue el motor que demostró que mil caballos, y mucho más, podían convivir con un auto homologado para la calle. (RG).