Nelson Piquet y el infierno de 850 caballos

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En la era turbo de la Fórmula 1, el cockpit del Brabham BT52 era un lugar inhumano. El motor BMW M12/13 de cuatro cilindros en línea generaba hasta 850 CV en carrera y más de 1.000 CV en clasificación, montado longitudinalmente a centímetros de la espalda del piloto. Nelson Piquet no solo tenía que domar esa bestia: tenía que sobrevivir a ella.

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Las temperaturas dentro del habitáculo alcanzaban niveles extremos, especialmente en circuitos urbanos bajo sol directo. El equipo Brabham recurrió a soluciones tan rudimentarias como ingeniosas: hielo seco, ventilación improvisada, cualquier recurso que aliviara el castigo térmico sobre el piloto brasileño. La sofisticación de la ingeniería convivía con la improvisación más artesanal.

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El episodio más ilustrativo llegó en el GP de Canadá de 1984. El nuevo enfriador de aceite ubicado en el morro del Brabham BT53 generó un calor tan brutal que literalmente quemó un agujero en la bota de Piquet. Al salir del auto tras la victoria, el brasileño colapsó en el pit lane con quemaduras graves en el pie derecho. En la siguiente carrera, en Detroit, corrió con una bandeja de hielo especial para aliviar las ampollas.

Era la era de los pioneros: ningún sistema de telemetría, ningún traje refrigerado, ningún protocolo de gestión térmica del piloto. Solo el instinto de un campeón del mundo capaz de rendir al máximo mientras soportaba condiciones que hoy serían inaceptables. Piquet ganó su segundo título mundial en 1983 al volante de ese mismo auto, el primero en la historia conquistado con motor turboalimentado. (RG).