El regreso a la velocidad tras la SGM

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22 de abril de 1946. Niza, Francia. El automovilismo de élite volvía a la vida tras casi siete años de silencio impuesto por la Segunda Guerra Mundial.

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El Gran Premio de Niza no era solo una carrera: era una declaración de que el mundo quería, necesitaba, volver a correr.

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La parrilla contaba una historia en sí misma. Los monoplazas eran en su mayoría máquinas de preguerra -muchas literalmente rescatadas de escondrijos y garajes donde habían sobrevivido al conflicto-. Mercedes y Auto Union, las potencias dominantes de los años 30 estaban excluidas por su origen alemán. El vacío que dejaron abrió la puerta a los italianos, y Maserati ocupó esa primera fila entera con autoridad.

Fue Luigi Villoresi quien sacó el máximo provecho de aquella circunstancia histórica. Al volante de su Maserati, el milanés -que pocos años después brillaría en la Fórmula 1 oficial junto a Alberto Ascari- cruzó la línea de meta primero, escribiendo su nombre en el primer capítulo de la historia del automovilismo moderno de posguerra.

Aquel GP de Niza de 1946 prefiguró lo que vendría: una Europa hambrienta de competición, marcas italianas en la cúspide y una nueva generación de pilotos lista para construir la leyenda de la F1. Apenas cuatro años después, en 1950, nacería el Campeonato del Mundo oficial. Pero todo empezó aquí, en la Riviera Francesa, un 22 de abril. (RG).