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En 1919, el ingeniero estadounidense Harry Miller presentó ante la Oficina de Patentes de Estados Unidos un diseño de automóvil de competición que combinaba cuatro soluciones que tardarían años en volverse estándar en las carreras: frenos en las cuatro ruedas, tambores de freno aligerados, ruedas de radios planos fundidas en aluminio y el motor utilizado como elemento estructural del chasis.

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La patente, concedida en mayo de 1920, describía un biplaza de ruedas al descubierto con carrocería de fundición de aluminio y la suspensión delantera anclada directamente al bloque motor, una solución que reducía peso al eliminar la necesidad de un chasis convencional independiente. Las ruedas de aluminio de radios planos que dibujó Miller eran, según los registros conservados, prácticamente idénticas a las que Ettore Bugatti presentaría recién en 1924 sobre el Type 35.

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No hay evidencia de que Miller llegara a construir un auto con el conjunto completo de estas soluciones: el diseño quedó en el papel mientras su taller de California se concentraba en los motores straight-eight que dominarían Indianápolis en la década siguiente. Aun así, la patente funciona como certificado de prioridad técnica sobre ideas que después definieron a los autos de carrera de entreguerras, desde los frenos en las cuatro ruedas hasta la rueda metálica fundida.

El caso resume algo recurrente en la historia del automovilismo: la distancia entre patentar una idea y llevarla a pista. Miller imaginó la solución técnica; Bugatti, con su fundición propia en Molsheim, resolvió cómo fabricarla en serie y la convirtió en ícono. Un siglo después, la lógica de aligerar componentes rotantes sin sacrificar rigidez estructural sigue siendo el mismo problema que resuelven hoy los ingenieros de F1 y de resistencia con fibra de carbono y aleaciones especiales. (RG).