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Fangio llegó a Monza con ocho puntos de ventaja sobre su compañero de Ferrari Peter Collins y sobre Jean Behra, necesitando apenas dos unidades para asegurar su cuarto título mundial en la última fecha de la temporada 1956.

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La carrera, disputada un 2 de septiembre en el trazado combinado de óvalo y ruta de Monza, se convirtió en un drama mecánico. La barra de dirección de Fangio se rompió a mitad de carrera, obligándolo a boxes, mientras Behra también se retiraba con su Maserati. Luigi Musso, tercer piloto de Ferrari, recibió la orden de cederle su auto al líder del campeonato y se negó, arriesgando el título de su propio equipo con tal de seguir en pista.

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Fue Peter Collins, con opciones reales de convertirse en campeón por primera vez, quien tomó la decisión que quedó grabada en la historia del automovilismo. En una parada de rutina, bajó de su Lancia Ferrari D50 y se lo entregó a Fangio sin que nadie se lo pidiera, resignando así toda chance de gloria personal. Stirling Moss, al mando de un Maserati, se quedó con la victoria de la carrera, la tercera de su carrera en la categoría, mientras Ron Flockhart completó el podio con la Connaught Alta en el único tercer puesto histórico para esa marca.

Fangio terminó segundo con el auto prestado, compartiendo esos puntos con Collins, y esa combinación bastó para sellar su cuarto título mundial. El gesto de Collins sigue citado hoy como el ejemplo máximo de nobleza deportiva dentro de la Fórmula 1, un recordatorio de que, incluso en la competencia más feroz, hay decisiones que trascienden el resultado en pista. (RG).