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Inventos absurdos que realmente existieron: los automóviles nucleares conceptuales.

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En plena Guerra Fría, con la energía atómica pintada como la solución a todos los problemas de la humanidad, la industria automotriz se subió a la ola nuclear. El resultado fueron algunos de los conceptos más disparatados -y reales- de la historia del automóvil.

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El caso más famoso es el Ford Nucleon, presentado en 1958. La idea: reemplazar el motor de combustión por un pequeño reactor nuclear de uranio instalado en la parte trasera, que convertiría agua en vapor para mover dos turbinas. Ford prometía una autonomía de hasta 8.000 kilómetros sin recargar, y estaciones de “carga atómica” que reemplazarían a las gasolineras. El problema: nunca se logró miniaturizar un reactor lo suficientemente seguro, ni resolver el blindaje necesario para proteger a ocupantes y peatones. El Nucleon jamás pasó de una maqueta a escala 3/8, hoy exhibida en el Museo Henry Ford de Michigan.

Un año después, en 1959, Simca presentó en el Salón de Ginebra el Fulgur, un concepto aún más extravagante pensado para imaginar cómo serían los autos del año 2000: control por voz, guiado por radar y equilibrado sobre dos ruedas mediante giroscopios a más de 150 km/h. Las fuentes no coinciden sobre su fuente de energía: algunas hablan de propulsión atómica, otras de baterías de hidrógeno, pero la ambición nuclear estaba en el espíritu de la época. Tampoco faltaron otros proyectos como el Arbel Symétric francés, con un generador nuclear que solo debía cambiarse cada cinco años.

Ninguno de estos autos llegó a rodar con un reactor real, pero son un testimonio fascinante de una época en la que se pensaba que el futuro sobre ruedas sería, literalmente, radiactivo. (RG).