Porsche 917/20 “Pink Pig”
Le Mans, 1971. El prototipo más insólito que jamás pisó la Sarthe no nació de una extravagancia de marketing, sino de un experimento aerodinámico llevado al límite -y de una pequeña venganza interna en Zuffenhausen.
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El 917/20 fue una unidad única, desarrollada por Porsche en colaboración con la firma francesa de aerodinámica SERA (Société d’Études et de Réalisations Automobiles), diseñada por Robert Choulet con el objetivo de combinar las virtudes de la 917K (cola corta, mejor maniobrabilidad) y la 917LH (cola larga, menor resistencia aerodinámica), reduciendo la resistencia al avance con una carrocería más ancha y de perfil redondeado. Bajo ese voluminoso cuerpo latía el motor Type 912/00 de Hans Mezger: un flat-12 de 4.907 cc, refrigerado por aire, DOHC, inyección mecánica Bosch, lubricación en seco y 24 bujías -dos por cilindro-, con una potencia de 600 CV a 8.300 rpm en un estado de puesta a punto ligeramente superior al del 912/10 estándar.
La librea rosa con los cortes de carne de cerdo marcados sobre la carrocería fue obra de Anatole “Tony” Lapine, director de diseño de Porsche, junto con los estilistas Dick Soderberg y Wolfgang Möbius. La motivación fue abiertamente irónica: Lapine consideraba que la silueta rechoncha del 917/20 -resultado del trabajo de los ingenieros externos de SERA- se parecía a un cerdo en su pocilga. El diseño hacía referencia a las rillettes, el embutido típico de la región de la Sarthe, tan famoso en Le Mans como la propia carrera.
El 917/20 debutó en los test de Le Mans del 18 de abril de 1971, donde Jo Siffert y Willi Kauhsen lograron el quinto mejor tiempo, superando los 360 km/h en velocidad punta. El manejo inicial preocupó a ambos pilotos, pero mejoras progresivas en los resortes traseros, el reparto de frenada y los ajustes de alerón fueron corrigiendo los problemas. En la carrera de junio, la dupla Kauhsen-Reinhold Joest marchaba séptima antes de un abandono a mitad de distancia. Fue la única participación en competición del 917/20; posteriormente fue restaurado y ocupa un lugar central en el Museo Porsche de Stuttgart.
El “Cerdo Rosa” nunca ganó Le Mans, pero se convirtió en uno de los objetos visuales más reconocibles de la historia del motorsport: la demostración de que la identidad gráfica de un prototipo puede trascender su resultado en pista. Cinco décadas después, su librea sigue siendo referencia en el debate entre función y estética en el automovilismo de resistencia. (RG).
