En el mundo de los automóviles de ultralujo, la electrificación no puede borrar la historia

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*Por Filippo Vidal, socio y director de FutureBrand São Paulo, para AutoIndustria.

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La electrificación ha transformado rápidamente el mercado automotriz mundial. El informe Global EV Outlook 2025 de la Agencia Internacional de Energía (AIE) registró que las ventas de vehículos eléctricos superaron los 17 millones de unidades en 2024, lo que representa más del 20 % de las ventas mundiales de automóviles nuevos. Datos de la Asociación Brasileña de Vehículos Eléctricos (ABVE) indican que a finales de 2025 se vendieron aproximadamente 20,7 millones de vehículos eléctricos en todo el mundo, un crecimiento de alrededor del 20 % con respecto al año anterior. Los SUV medianos, las berlinas de lujo e incluso los coches compactos cuentan ahora con versiones eléctricas que hoy representan innovación, conciencia ambiental y, en algunos casos, incluso un estatus tecnológico.

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Sin embargo, este crecimiento no se distribuye de manera uniforme en todos los segmentos. Si observamos las marcas que ocupan la cima de la pirámide, como Ferrari, Lamborghini, Porsche, Aston Martin, McLaren y Bentley, el movimiento no se ha producido con la misma intensidad y, en algunos casos, incluso ha impactado significativamente los resultados financieros.

No se trata de un retraso tecnológico, sino de gestión de la identidad. Cuando hablamos de marcas de lujo y superdeportivos, la electrificación tiene un impacto mucho mayor que el del sistema de propulsión. Las recientes iniciativas refuerzan esta percepción. En 2025, Maserati canceló oficialmente la versión eléctrica del MC20 (MC20 Folgore), alegando una demanda insuficiente para el modelo 100% eléctrico. Otras marcas están ajustando sus calendarios y adoptando un enfoque más gradual en la transición completa a los vehículos eléctricos en el segmento de alta gama.

A CONTINUACIÓN, ENUMERO CUATRO FACTORES QUE, EN MI OPINIÓN, INFLUYEN DIRECTAMENTE EN ESTE ESCENARIO:

 1. LAS MARCAS ICÓNICAS NO CAMBIAN SU LEGADO POR LAS TENDENCIAS.

Las marcas de lujo no venden coches, venden legado. Ferrari no es solo rendimiento, es Fórmula 1, Maranello y el sonido de un motor V12 que perdura desde hace décadas. Porsche no es solo ingeniería. Es Le Mans. Es el 911 como arquetipo de continuidad.

Para quienes compran un superdeportivo, el coche no es solo un medio de transporte; se trata de apropiarse de una historia exclusiva que pocos pueden experimentar. En otras palabras, la exclusividad forma parte del producto. Gran parte de este capital simbólico se construyó sobre culturas centradas en soluciones de ingeniería patentadas, la competencia y la pasión por el rendimiento analógico. Las baterías, por definición, no poseen este mismo repertorio emocional. Y la transición eléctrica, cuando se realiza de forma abrupta, puede generar tensión identitaria.

La primera generación de la línea EQ de Mercedes, por ejemplo, creó un lenguaje visual casi idéntico al de los Mercedes tradicionales, lo que generó un debate sobre la desconexión estética. BMW, en sus primeras incursiones más disruptivas en el ámbito eléctrico, también se enfrentó a preguntas sobre una ruptura excesiva con su legado deportivo. En el segmento del superlujo, romper con lo establecido no se trata solo de innovación. Puede significar diluir un patrimonio simbólico construido a lo largo de décadas.

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2. EL RENDIMIENTO SE HA CONVERTIDO EN UNA MERCANCÍA. LA EXPERIENCIA NO

Hoy en día, un coche eléctrico puede acelerar de 0 a 100 km/h en poco más de 3 segundos. Este nivel de rendimiento ya no es exclusivo de un superdeportivo multimillonario. La aceleración instantánea se ha convertido en una característica técnica, casi un bien común. Pero el rendimiento de un coche deportivo sofisticado nunca se ha limitado a cifras.

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En marcas como Porsche, BMW M o Audi RS, por ejemplo, el rendimiento se deriva de una combinación mucho más compleja: tiempo, agilidad, manejo y control absoluto. Es el equilibrio entre potencia y peso; la sensación de “tener el coche en las manos”; la respuesta progresiva del conjunto mecánico en armonía con el chasis. En los vehículos eléctricos, aún existe un desafío físico insuperable: el peso. Las baterías necesarias para mantener esta potencia añaden una masa significativa al conjunto, lo que afecta la relación potencia-peso, la inercia y la dinámica en las curvas.

A esto se suma el elemento sensorial mencionado anteriormente: vibración, sonido, crescendo mecánico, cambios de marcha. El motor de combustión comunica, genera tensión, involucra. También existe un factor práctico que pesa mucho sobre el entusiasta: la autonomía y la libertad. Un deportivo con motor de combustión se puede repostar en pocos minutos, lo que permite realizar viajes largos sin planificación previa. Un coche eléctrico, en cambio, requiere infraestructura, tiempo de carga y, al conducirlo con mayor intensidad, puede requerir paradas frecuentes, lo que también genera una mayor exposición a situaciones de vulnerabilidad ante ataques de delincuentes, un tema muy delicado para los propietarios de superdeportivos, especialmente en países como Brasil.

En este contexto, los híbridos, especialmente los no enchufables y los híbridos ligeros, se perfilan como una solución más orgánica para el segmento. Permiten que el motor de combustión siga siendo el elemento principal y utilizan la electrificación como apoyo al rendimiento (y no como sustituto), equilibrando eficiencia, emoción y facilidad de uso sin interrumpir bruscamente la experiencia.

3. LOS SUPERDEPORTIVOS TAMBIÉN SON UNA DECLARACIÓN SOCIAL

Existe también un elemento menos comentado, pero fundamental: el simbolismo social. Comprar un superdeportivo es una declaración explícita de poder, una afirmación de acceso a algo que la mayoría solo admira de lejos. Se trata de presencia, impacto, de llamar la atención en la calle. Mientras parte de la industria avanza hacia la estandarización eléctrica y discursos regulatorios cada vez más rígidos, el superdeportivo de combustión representa la autonomía individual y la posibilidad de no conformarse completamente a la norma. En un mundo cada vez más silencioso y regulado, el ruido también se convierte en un gesto simbólico.

4. OBRAS DE ARTE FRENTE A TECNOLOGÍA DESECHABLE

Existe también una percepción importante entre los consumidores de lujo de alta gama: la atemporalidad. Un motor de combustión de alto rendimiento se considera una obra de arte mecánica. Algo que define una época, que puede convertirse en un objeto de colección, que trasciende décadas y, en muchos casos, se revaloriza con el tiempo. La tecnología eléctrica, por otro lado, sigue la lógica del mundo tecnológico, con ciclos de innovación rápidos, actualizaciones constantes y nuevas generaciones de baterías cada pocos años.

En el segmento de mercado masivo, esto es lo esperado. En el segmento de ultralujo, puede generar rechazo. Quienes invierten millones en un automóvil desean adquirir algo atemporal, no algo que parezca obsoleto con el próximo avance tecnológico.

¿Significa todo esto que los superdeportivos no se electrificarán? No necesariamente. La respuesta que han encontrado muchas marcas ha sido la solución híbrida. Ferrari, Lamborghini y Porsche han adoptado sistemas híbridos que mantienen el motor de combustión como protagonista, a la vez que utilizan la electrificación para aumentar el rendimiento y cumplir con las normativas medioambientales. Modelos como el Lamborghini Revuelto y el Ferrari SF90 demuestran que, en este ámbito, la electrificación puede actuar como un amplificador y no como un sustituto de la identidad.

Cuanto más alto se sitúa una marca en la jerarquía simbólica y de creación de valor, menos puede considerar la tecnología como un simple reemplazo mecánico. La historia de la industria demuestra que la tecnología evoluciona; lo que no se puede desechar es el significado. En el mercado de masas, electrificar significa actualizar. En el mercado del superlujo, electrificar significa reinterpretar décadas de cultura. Y reinterpretar requiere más que ingeniería. Requiere conocimiento de la marca.

Nacido y criado en Italia, Filippo ha desarrollado una extensa carrera internacional, viviendo en países como Sudáfrica, China, España y, actualmente, en Brasil. Se unió a FutureBrand São Paulo en 2018 y fue invitado a convertirse en socio en 2022.